o de cómo hacer literatura mientras se cocinan espaguetis
“Cuando sonó el teléfono, estaba en la cocina con una olla de espaguetis al fuego” así principia “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” tal vez la obra más emblemática y consagratoria de HarukiMurakami (Kioto – 1949); y es que este autor oriental (occidentalizado) amante de la tragedia griega, del Jazz, traductor de Sallinger, Carver, Irving, Fitzgerald; tiene la capacidad de sugerirnos como decía Bretón: “que existen otros mundos, pero están en este” y que incluso, la realidad más anodina puede tornarse en un completo sin sentido; pero es en esta realidad donde debemos darnos cuenta que hay un hilo tan delgado que seguir, a cuestas de romper el hilo de la historia o de que la lógica termine en pedazos de rompecabezas (de esas de miles de piezas) para luego reconstruirlas en pedazos de metáforas y dar sentido a nuestra propia noción de la novela, que es distinta, incluso a la que el autor se había planteado desde un principio. Como sugiere Murakami en el cuento “la Tía pobre” pieza fundamental de su antología de cuentos “Sauce Ciego, mujer dormida” al referirse de su propio estilo narrativo de que “todo es metáfora”, y que todos tenemos una tía pobre a quien cargamos sobre la espalda y cuando nos damos cuenta ya es otra cosa.
Es curiosa también la forma en que Murakami decidió ser escritor, y es que según él; durante un partido de beisbol de la liga japonesa, observando a uno de los mejores bateadores se preguntó si también podría ser un buen escritor.
Y si Murakami nos plantea mundos fantasmagóricos con maestría, también sabe mimetizarse en las formas clásicas, más conservadoras pero no menos genial; un claro ejemplo son las novelas “Tokio Blues (Norwegian Wood)” que lleva el título de una canción de “The Beatles” o de “Al sur de la frontera, al oeste del sol” que lleva el título de una canción de “Nat King Cole”
Otra sello de fábrica de Murakami son los soundtracks o la música incidental que acompañan a todas sus obras incluso en ese ensayo sobre “runers” (personas que se dedican al fondismo o a las maratones) intitulado “De que se habla cuando se habla de correr” donde acompañamos al escritor (que también es “runer”) corriendo la maratón de New York mientras escuchamos temas de los RollingsStones o de Radiohead en el Mp3; o acompañando al inolvidable Kafka Tamura protagonista de otra de sus novelas emblemáticas “Kafka en la orilla” mientras se interna en la espesura del bosque y pasa a otra dimensión donde viven seres entre los sueños – reales y escuchamos “The best thing” de John Coltrane.
Y de esa forma regresamos a la escena de los espaguetis en la “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo”mientras suena la obertura de la “Gazza ladra” de Rossini para examinar los títulos de cada mini-capitulo (otra característica del autor) que también son raros, por ejemplo en la primera parte, capitulo 3: “El sombrero de Malta Kanoo/ los tonos sorbete y Allen Ginsberg y las cruzadas” o en la tercera parte capítulo 43: “El trabajo que hace imaginar a los demás (continuación de Boris el despellejador)” haciéndonos recordar a ese clásico libro editado por la editorial plaza y Janes de Louis Powels y Jaques Bergier “El retorno de los brujos”que se caracteriza también por esos raros títulos o descripciones que contiene cada mini-capítulo.
Es decir en esta novela pasamos de cocinar espaguetis en diez minutos a conocer mujeres extrañas con nombres de islas, de conocer a una nínfula pesimista que dedica su tiempo libre a contar cabezas para distinguir los niveles de alopecia a través de unos tests que aplica una fábrica de pelucas, de conocer a la esposa del personaje principal que se va de la casa como lo hizo el gato que tiene el mismo nombre que el cuñado, y así para trasladarnos desde las amplias estepas de la región de Manchuria o de un campo de concentración ruso hasta un zoológico en Tokio en pleno bombardeo, desde un pozo seco donde el personaje principal baja a meditar acompañado de un bate de baseball y otro personaje en las antípodas del tiempo y en las antípodas de Manchuria es arrojado para tener una muerte lenta; pero un día el personaje principal llamado “Tooru Okada”se da con la sorpresa que le ha aparecido en la cara una mancha de nacimiento y de que se encuentra otra vez en la casa que antes compartía con la esposa donde en alguna calle vecina está la estatua del pájaro que da cuerda al mundo diciendo ric, ric como dándole cuerda a un complejo mecanismo para que todo exista y continúe la novela hasta confundir; los sueños, con la realidad, el tiempo, con el espacio, el personaje principal, con el secundario, la esposa, con la nínfula, la muerte, con la vida.
De tal modo que nos preguntamos como la esposa en el penúltimo capítulo del libro mientras esta escribe una carta de despedida: “¿Cuál es entonces mi verdadero yo? ¿Hay algún fundamento legítimo para pensar que quien está escribiendo ahora esta carta sea mi verdadero yo?”
Que nos remite a Leibniz y su concepto de la “noción del sujeto en sí” trastocando ese concepto lógico de la “razón suficiente”que ya no basta, que ya no es suficiente y que según Deleuze origina una filosofía alucinante al borde de la esquizofrenia y donde del mismo modo Murakami hace de la literatura, una escritura alucinante, border-line entre lo onírico y lo real.
Si Sthendal envidiaba a los que leían por primera vez el Quijote porque tenían el placer de esa primera impresión; yo también envidio a los que van a leer por primera vez la “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” y es más; envidio, a los que puedan leerlo en su idioma original, que no es el japonés por supuesto sino el de las mismas metáforas con las que fue elaborada por el único pájaro que da cuerda al mundo y que en parte es Murakami pero también es el otro Murakami que existe en otra dimensión o ha dejado de existir en esta…




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